miércoles, 6 de junio de 2012

El último beso (despedida a Ray Bradbury)


El 27 de abril de 1997 me pasé toda la mañana llamando por teléfono para buscar compañía: no hubo amigas ni primas que aceptaran mi invitación. “Vamos a la Feria del Libro. Va a estar Bradbury.” Esa era mi arenga. Infructuosa. A las dos de la tarde estaba en la 23ª Feria del Libro. Sola. Con mi ejemplar de Fahrenheit 451 en la mano. Lo había leído a los 15 gracias a mi profesora Corochita.



El paseo por la exposición me distrajo un rato y luego me decidí a hacer la cola que habilitaba la entrada a una carpa-santuario donde permanecía el gran Ray sin ser visto por los que esperaban fuera de allí. Eran cuadras, remolinos de gente. Durante horas confraternicé con los que me rodeaban. Cuando comenzaba a anochecer, ocurrió lo impensado. Un guardia de seguridad caminó la cola como un esbirro de la muerte mientras anunciaba que en algún momento no muy lejano la puerta del santuario se iba a cerrar y el que quedara afuera no lograría ver a Bradbury. Fue notable cómo la noticia rompió la amistosa comunión de la cola. Todos nos mirábamos pensando quién sería el afortunado que entrara y quién quedaría excluido. Seguimos avanzando con los cuerpos en tensión. Nadie abandonó su lugar.
Faltaban pocos metros para trasponer la meta y el guardia se paró en la puerta y dijo: “Bueno, es el último grupo que pasa”. No definió grupo. No aclaró qué número de personas conforman un grupo. El grupo se formó con las personas delante de mí y yo. Fui la última. La que recibió los aplausos de los de adentro y la bocanada de odio de los de afuera. Fue el primer golpe de suerte.
Bradbury estaba cansado pero contento de ver el final de la cola. Me sonrió. Le di el libro. Lo autografió. Y con timidez dije algo como “Can I take a picture?” Entonces él me invitó a la foto. A que yo saliera con él. Y me apoyó su mano en la cabeza para sostener mi cara junto a la de él, mientras uno de mis amigos de la cola tomaba la foto. Segundo golpe de suerte.
Le dije “Thank you!” y él estiró su brazo para que me acercara a darle un beso. Fue algo rápido, no nos pusimos de acuerdo o acordamos demasiado, y el beso fue en los labios. Risas. Bye bye. Tercer golpe de suerte.
Mientras escribo pienso en que pasaron muchos años y yo sigo recordando la anécdota cada vez que alguien lo nombra. Hoy me decido a escribirla porque me entero de su muerte y la tristeza no tiene tanta magnitud como mi recuerdo. Releo el volumen autografiado:
“Pero ahora había que caminar toda la mañana hasta el mediodía, y si los hombres guardaban silencio era porque había que pensar en todo, y muchas cosas que recordar. Quizás más tarde en la mañana, cuando el sol estuviese alto y los hubiese calentado, comenzarían a hablar, o a recitar las cosas que recordaban, para estar seguros de que estaban allí, para tener la certeza de que ciertas cosas estaban a salvo.”
Mi relato ya está a salvo. Hoy el sol está alto para recibir al gran Bradbury en alguno de los artefactos voladores que él mismo soñó. Ojalá que algo de él haya trasmigrado hacía mí con ese beso.   

sábado, 5 de mayo de 2012

Mi visita a La Feria

Cuando era chica mi mamá nos llevaba a mi hermano y a mí a La Feria. En La Feria vendían verduras y pescado fresco. Íbamos con un changuito (que ahora se ha vuelto vintage) y lo cargábamos con delicias coloridas. Todo era divertido, incluso el trayecto en el que mi hermano esquivaba perros callejeros. Yo siempre tenía mocos y nunca tenía pañuelos, y mi mamá me sonaba con gigantescas hojas de tilo. Esos dos recuerdos, los perros y las hojas de tilo, van unidos a La Feria con una continuidad inquietante.
La semana pasada fui a La Feria, que ya no es más en mi imaginario, aquella donde mi mamá hacía sus compras semanales con dos chiquitos alborotados, sino el lugar donde los libros se venden como verdura y pescado fresco.
Hay varios postulados que me son útiles cuando voy a La Feria (sobre todo cuando argumento acerca de mi persistencia en el paseo):
- Como soy docente, no pago la entrada y obtengo descuento en mis compras.
- Evito la multitud yendo un día de semana.
- Utilizo el tiempo que tengo disponible como si fuera un caramelo ácido (cuando se acaba, se acaba).
- Llevo una lista de compras y trato de ubicar los libros en las editoriales y no en las librerías.
- Intento aprovechar la charla de algún escritor que me interesa (escuchar a Angélica Gorodischer y llevarme mi Fahrenheit 451 firmado por Bradbury, son algunos de mis trofeos de guerra)
Esto en cuanto a lo práctico. Pero además está el voyeurismo intelectual, eso de mirar los libros, espiarlos, aunque sepamos que no nos alcanzarían cien vidas para leer todo lo que quisiéramos. Y también espiar qué libros llevan los demás. Y sentirse espiada. Todo esto me pone de excelente buen humor. Me divierte. Que es la única razón definitiva por la que sigo yendo a La Feria: me divierte.
Este año me traje:
- Escribir de Marguerite Duras (Tusquets). Porque para escribir hay que escuchar a quien ESCRIBE. Recomiendo el stand de Tusquets y su colección de literatura erótica "La sonrisa vertical"
- en el stand de Siglo XXI hay una mesa con ejemplares que tienen tapas defectuosas (el contenido está impecable). Se consiguen libros muy valiosos y muy caros a 20, 30 y 40 pesos. Reemplacé mis fotocopias de El imperio de los sentimientos de Beatriz Sarlo y El grado cero de la escritura de Roland Barthes por dos libros como Dios manda.
- el sector de Alianza y Cátedra lo atiende el Diablo: nos dice "compren las mejores traducciones, los libros que no se consiguen, compren importado cuando todavía pueden". El precio de los libros nos quema en el acto pero yo me arriesgué y me traje Relatos de Thomas Bernhard y Nueve Cuentos de Salinger.
Como ven, no necesité changuito. Na había perros que esquivar (aunque sí esquivé a la Mujer Maravilla y a Batman) y ahora llevo pañuelitos descartables. Pero me traje delicias a las que no pienso renunciar.

lunes, 30 de abril de 2012

Malas compañías


Charlaba con alguien de Truman Capote. De su genialidad. De lo agotadora que puede resultar (no me ha sucedido todavía) su lectura ininterrumpida. Los giros de esa conversación dejaron de lado a Capote y pusieron en escena la conveniencia de ciertas compañías. Vuelvo a Capote porque creo que puede decir más de esto que yo.
 “El halcón decapitado” es un cuento inevitable, sórdido, filoso. El narrador construye a través de un ir y venir de tiempos narrativos, una historia confusa y esquiva: la de Vincent y D.J. Toda las imágenes del relato giran alrededor de un cuadro pintado por D.J. que Vincent cuelga en la pared de su casa. El cuadro muestra un halcón decapitado y Vincent le habla al halcón como si se hablara a sí mismo. El narrador dice:
“Ahora quería la pintura, no para la galería, sino para él. Ciertas obras de arte despiertan más interés por sus creadores que por la forma en que han sido creadas; generalmente porque en esa clase de obras se identifica algo que hasta ese instante parecía una percepción íntima e inexpresable, y uno se pregunta: ¿quién es ése que me conoce, y cómo?”
Creo que Truman Capote despeja en esta reflexión uno de las incógnitas acerca de por qué el arte se vuelve una necesidad para el hombre. El arte nos permite mirar la vida con otros ojos, más despiertos, más atentos. También nos da herramientas para modificarla. Pero además (y acá la dirección se invierte) nos devela algo de nosotros mismos, que hasta ese momento no habíamos sido capaces de expresar por no encontrar una lógica viable. El arte se vuelve nuestro lenguaje y nuestra posibilidad de decir lo que de otra forma no hubiéramos podido.
Este cuento actuó hoy para mí, como el cuadro para Vincent. La puesta en abismo como procedimiento, superó las fronteras del texto y se instaló en mi pensamiento. Porque al releerlo, al incomodarme, al hacerme faltar la respiración, me puso en contacto con la cuestión de la presencia de esas personas que se cruzan en la vida de uno para darle sentido o para quitárselo por completo.
¿Hubiera preferido Vincent no cruzarse nunca con D.J.? ¿Podemos plantearnos la eventualidad de qué habría pasado si nunca nos hubiéramos encontrado con alguien que parece persistir a nuestro lado aún contra toda conveniencia? Yo creo que es una cuestión vana. Somos esos cruces. Es imposible que D.J. no esté porque aunque Vincent no la vea, ya forma parte de su mente (como la niña aterradora de “Miriam”).
El hecho de si esas personas que nuestra madre desaconsejaría pertenecen al ámbito de las sombras (como parece indicar el epígrafe bíblico) o al de la luz, es absolutamente improcedente. Esas personas están porque nos definen a nosotros mismos, no alteran quienes somos: nos delimitan, nos devuelven nuestra propia imagen.  http://www.facebook.com/elige.tu.propia.aventura

lunes, 23 de abril de 2012

23 de abril. "Día del libro" Cuando comencé a escribir este blog tenía como premisa el anonimato. Sin embargo, esa misma situación hizo que lo fuera abandonando, porque creo que en el fondo no me hacía cargo. Así que ahora seré quien soy para algunos y para otros seguiré siendo Sredni Vashtar. No prometo nada. Compartiré las lecturas que me gustan, como me guste. Incluiré los textos que me gusten, porque sí. Haré recomendaciones breves o extensas según tenga tiempo y humor. Y tal vez incluya algún cuento mío. En fin, esto se tratará sólo de placer. Y para empezar les dejo un relato de Clarice Lispector acerca del deseo de tener un libro: Una niña y su libro como una mujer y su amante. Increíble definición de la felicidad.
"Felicidad clandestina"
Clarice Lispector 
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería. No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos". Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban. Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato. Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría. Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro. Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez. Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla. Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos. Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo! Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer. ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo. Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

jueves, 1 de abril de 2010

¡Alcen la barrera!

Me pregunto a veces por el prestigio de la magia. Tratamos de configurar un tablero de vida lo más ordenado y predecible que se pueda. Adoptamos rutinas y horarios. Dictamos reglas de juego claras y nos sometemos a ellas. Pero luego, cuando alguna zona de la experiencia se torna rebelde y nos demuestra que los límites están trazados con tiza, lo tomamos (no sin resistencia) como una señal maravillosa de lo azarosa e inestable que puede ser la realidad.
De la misma forma, tendemos a valorar en la gente su identidad consigo misma, su persistencia en una empresa determinada, su pensamiento lógico y su adaptabilidad a las circunstancias. Sin embargo, nos sentimos deslumbrados por alguien cambiante, colorido, caleidoscópico, que se escabulla del análisis y le dé un toque de mancha venenosa a todo lo que trate de pautarlo.
El día que comencé a leer RAYUELA surgió en mí la necesidad de que todos la leyeran. Recité incontables veces el párrafo inicial para todos los que quisieran oírlo o no. Al final del día lo sabía de memoria. Se había transformado en un conjuro. Cambiaría mi vida. Ya la había cambiado:
“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.”
Prefiero encontrar a alguien por la calle que citarlo. Me fascina descubrir que de chicos leímos los mismos libros y que de grandes nos rozamos las manos en los mismos anaqueles. Trato de adivinar la música que lo relaja en un baño de espumas y casi me sorprende que sea la misma que me acariciaría a mí. Ta te ti. ¿Suerte para mí? ¿Suerte o la desesperación de dirigirme al embaldosado infierno?
La gente se luce en el truco (juego de adultos) con mentiras y astucia. Yo me quedo con la “casita robada” en donde no importa cuán brillante seas, puesto que sólo el que tenga la carta adecuada podrá llevarse el montoncito. Es una disputa por la posesión de un tesoro, pero es una disputa limpia en la que el azar puede determinar que te quedes con todo aunque en la mano anterior te hubieran saqueado.
Creo que eso es lo mágico del azar: la imposibilidad de falsearlo, lo ridículo de hacer trampa. Lo previsible nos permite cuentas claras, la ceguera de lo establecido no tiene margen de error. Pero ¿qué ocurre cuando la farolera enciende el farol? Nos ponemos a contar y las cuentas salen mal. La razón comienza a derretirse.
La literatura es para mí el farol maravilloso de una torpe farolera. Construida con lenguaje, con lógica, es sin embargo la grieta del universo, la falla del sistema. En su puesta en abismo de significados y significantes, nos empuja con vértigo de hamaca al otro lado de la luna y encima pide de nosotros colaboración.
Y no hay nada mejor que arrastrar al desprevenido compañero de vereda hacia las fauces del libro que llevamos en la mano: ya no encontrará lugar seguro donde picar para todos los compas. Game over.

jueves, 22 de octubre de 2009

Gato encerrado

Qué pasa cuando un hombre quiere tenerlo todo: la novia joven, bonita y fastidiosamente incompleta y la mujer madura, interesante y peligrosamente completa. Termina metido en una habitación muy oscura, temblando de miedo porque la llave quedó del lado de afuera. Claro, el señor construyó su incipiente adultez con ayuda de la dulce niña. Y ahora se aburre porque la chiquita quiere jugar a ser la señorita de San Nicolás. Y a él le gusta escaparse por los tejados y transformarse en el gato de Cheshire.
Aunque no lo crean conozco al gato de Cheshire. Es un gran compañero de conversación y su sonrisa queda en el aire cuando él ya se ha retirado. Me ha logrado enredar en sus confusas palabras y desconfío cuando se ofrece a marcarme el camino.
Releo ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS y no deja de sorprenderme que la vida sea tan mágica a la hora de imitar al arte:
“Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
-Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar -dijo el Gato.
-No me importa mucho el sitio... -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes -dijo el Gato.
-... siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia como explicación.
-¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato-, si caminas lo suficiente!”
¿Por qué seguimos al huidizo gato en lugar de despertarnos del sueño? ¿Qué encantos nos subyugan del esquivo personaje? ¿Será que se niega a besar el anillo de la Reina, será su locuaz conversación o su capacidad para desaparecer en un instante y aparecer al siguiente cuando ya lamentábamos su partida?
Mi problema es que a diferencia de Alicia a mí me gusta el país de las maravillas. Ojo, he intentado varias veces cortarle la cabeza al gato, porque si me tengo que sincerar, se pasa de vivo. Pero entonces, hace desaparecer su cuerpo y ya saben: ¿cómo cercenar una cabeza sin cuerpo? Encima se da el lujo de borrar todo excepto su sonrisa. Y, qué quieren que les diga, es una sonrisa hipnótica, brillante, alucinatoria.
Lo más irremediable de todo es que el gato tiene dueña: la aburrida Duquesa que se empeña en encontrar la moraleja de todas las cosas. Y el gato se opone a las moralejas porque huye de la lógica, pero le pertenece a ella. Y sí, paradojas. Así en la literatura como en la vida.
Gracias a dios, la vida también tiene sus recovecos fantásticos y es capaz de realizar sus actos de transformación. Porque cuando el gato vuelve a casa y se acuesta con la señorita de San Nicolás, se da cuenta de la oscuridad circundante. Está encerrado, pero la puerta es muy pequeña para salir…

lunes, 7 de septiembre de 2009

Tratos y retratos

Hace unos días me llamó una amiga (docente ella) para que la acompañara a la cita que había hecho con el cirujano plástico. Estaba interesada en adquirir la mercadería prohibida que haría que los hombres se apartaran del camino recto para deslizarse por las sinuosidades del tentador cuerpo femenino. Mis actividades con el maravilloso mundo de la literatura me impedían asistir a la reunión, pero al otro día escuché atenta lo que para ella fue su sentencia de muerte: varios miles. ¡Ja! Quedaban muy lejos sus sueños de ser mirada cuando llegaba. Sin embargo no se desanimó. Siempre hay opciones: heredar, lograr un buen divorcio y por qué no venderle el alma al diablo. Como Dorian Grey. Por supuesto, no vacilé en el deleite repetido de la lectura del clásico de mi bendito Oscar Wilde. ¿Qué quería Dorian, qué había anhelado en el momento en que había visto su imagen perfecta en el cuadro pintado por su amigo Basilio? ¿Belleza incorrupta? ¿Juventud eterna? Deseos incompletos. Adán renegó del Paraíso ante la posibilidad de ser como Dios. Y Fausto prefirió las llamas eternas a cambio de sabiduría. Pero Dorian no se detuvo en el pedido: no es tan tonto alguien que ama la belleza por sobre todas las cosas. Leamos:
“Había expresado un loco deseo de permanecer siempre joven y de que el retrato envejeciera; de que su propia belleza no quedara mancillada nunca, y de que la faz de aquel lienzo soportase el peso de sus pasiones y de sus pecados; que la imagen pintada pudiera verse estigmatizada con las líneas de los dolores y los pensamientos, y pudiese él conservar, mientras tanto, la delicada lozanía y gentileza de su hasta entonces consciente adolescencia.”
Claro, el secreto de la belleza eterna no está en el botox ni las siliconas; no cuesta ni mil, ni ocho mil, ni un millón. La belleza se corrompe con las HUELLAS. ¿Las del tiempo? NO. Cómo les suena esta enumeración: pasiones, pecados, dolores, pensamientos. Los cuatro jinetes del Apocalipsis, los cuatro malditos escarabajos de Liverpool, las cuatro esquinas del laberinto de Creta. El punto es que ni Dorian ni ninguno de nosotros, supongo, estamos dispuestos a renunciar a ellos. Sería como renunciar a la vida.
Nuestra ventaja reside en pertenecer a la modernidad, edad del mundo en la que el diablo viste de Prada. Aquí van las soluciones: ¿Pasiones?: disimuladas. ¿Pecados?: ocultados. ¿Dolores?: reprimidos. Pero, ahhhh, ¿qué hacemos con los pensamientos? Sólo puedo arengarlos a una cosa: atícenlos, les van a servir para ser ustedes mismos y, de última, para rebuscarse la manera de pagarle al cirujano plástico.

lunes, 24 de agosto de 2009

Lolitas y Lolitos

Mi profesión docente me ha llevado a tomar contacto con una situación más que interesante: el amor fuera de edad. Claro que nunca lo comprendí tanto como el día en que llegó a mis manos LOLITA. No sólo me sedujo su prosa impecable sino que su erotismo, más o menos sublimado, me despertó los ratones más imperdonables. Y sí, Herr Humbert era un depravado, pero… ¿y Lolita? ¿Qué demonio poseía a la nínfula de tan sólo doce años? Ninguno, señores, o el peor, su certeza de ser mujer. Lolita tenía esa edad en que las niñas descubren que son mujeres. Pero a diferencia de sus coetáneas ella no renegaba de eso sino que lo explotaba. Claro, volviendo loco al incontenible Humbert. Recuerdo a un alumno de 13 años que me observaba desde su asiento olvidado. Estaba enamorado de mí de una forma pura y absoluta. Él se creía capaz de conquistarme. Realizó varias maniobras al respecto. Yo sentía ternura por la situación y corregía con preferencia sus trabajos. ¿Qué despertaría a su amor? En un primer momento podríamos afirmar que me ponía en un lugar materno, de contención y referencia. Pero, ¿y qué si él pensaba que era digno de mí, que yo en verdad me podía fijar en él, que él podía hacerme feliz? ¿No estaba ya despierta su conciencia de hombre? Después de todo la suya era una seducción tan válida (o más) que cualquier otra: trataba de estar a la altura de las circunstancias. Y eso en aquel contexto significaba ser un buen alumno y de paso tratar de deslumbrarme con lo que él creía que me subyugaría: sus relatos. ¿Ven? Un hombre hecho y derecho. Los desfachatados dados (o dedos) del azar me llevaron años después a enfrentar en una situación de clase a un muchachito mucho mayor (pero algo menor que yo). Es notable cómo se comportó de la misma forma que aquél incipiente de la última fila. Remarcó su lugar de inferioridad frente a la profesora, se ocupó de levantarla en un pedestal y por supuesto la invadió de relatos (otro y van…). El único movimiento de contraste con el púber fue el de aniñarse. Y aquí está la clave: los roles son ratoneros (la profe y el alumno...) pero a eso había que agregarle el usted señora profesora, usted señora casada profesora, usted señora casada madre profesora, usted señora con perro casa auto madre casada profesora. Y también había que agregarle el vos alumno, vos nene alumno, vos nene desaliñado alumno, vos nene desaliñado tímido alumno. En definitiva había que extender la brecha de edad (que sólo contaba con algunos años) para que la seducción se disparara. Perdonemos entonces a Lolita y a Humbert. Perdonémoslos porque ellos nos enseñan: claro, si nos atrevemos a sacarnos las caretas, nos daremos cuenta de que la seducción más poderosa está dada por lo prohibido, por el tabú. ¿Una niña y un cuarentón? ¿Una profesora y su adolescente alumno? No lo duden, señoras: el chupetín y las trenzas las llevarán lejos, pero para ir más allá prueben los anteojos y la libreta de notas. Me lo van a agradecer. Y a Nabokov.

jueves, 13 de agosto de 2009

Vidas borrascosas, cumbres peligrosas

Como pronto se darán cuenta no pretendo hacer una cronología de mi historial lector. Ni tampoco escribir mi biografía. Por lo tanto no ubicaré estas historias en una línea de tiempo. Random. Que se disfrute lo que se pueda y el resto que se olvide (con piedad). Yo no lloro con los libros. Me verán lagrimear de forma exasperante ante una película e incluso ante mis propias desgracias. Pero soy dura cuando de libros se trata. De ahí, a que no me conmuevan, hay un abismo. Pero esta es la excepción. Aún hoy después de releer por centésima vez (y como diría Borges, aquí esa cifra puede considerarse como infinita) el fragmento de CUMBRES BORRASCOSAS donde Cathy le revela a Nelly la esencia de su amor por Heathcliff, no puedo evitar las lágrimas.
“Mi cariño por Linton es como el follaje en el bosque. El tiempo lo transformará, lo sé, como transforma el invierno los árboles. Mi amor por Heathcliff se asemeja a las rocas inmutables que están debajo: manantial de escasa alegría, aparentemente, pero necesario. ¡Nelly, yo soy Heathcliff!”
¿Cursilería? ¡No! El libro me marcó, pero ese pasaje me traspasó. Será por eso que logré con mi vida todo lo contrario: ¿borrascas, cumbres, peligros? Para nada: eso pintaba pero… aburrimiento fatal.
Eso me lleva a la reflexión acerca de qué hacemos con nuestras historias amorosas, ¿por qué si nos enamoramos de Heathcliff, nos casamos con Linton? O tal vez la pregunta debería tener una vuelta de tuerca, ¿por qué convertimos al salvaje Heathcliff, en el manso Linton? ¿Estupidez, prudencia o mandato social? Claro, el Príncipe Azul no se parece mucho a Heathcliff, y aunque estoy de acuerdo con un buen baño diario para el muchacho en cuestión, eso del tibio beso en los labios de la princesa dormida no me cierra ni con anteojos 3D.
Hoy que las revistas “femeninas” se encargan de configurar retratos de los hombres deseables y de aquellos que deberíamos descartar, te recomiendo, mujer, que con unos días más de dedicación bucees en CUMBRES en las profundidades del HOMBRE: padre cariñoso, hermano alcohólico, amante salvaje, esposo abnegado, siervo ladino, diamante en bruto, todo lo que la vida es capaz de ofrecerte en materia masculina está allí. Y lo mejor de todo: la protagonista de la historia es una mujer. En contraste con ella se definen sus complementos. A mí me dio palabras para hablar de amor, me confrontó con el hecho de que lo que amamos en el otro es el reflejo de nosotros mismos (¡Yo soy Heathcliff!).
Entonces estemos atentas, para que el reflejo de Heathcliff en el espejo no se transforme en la insulsa imagen de Linton. Eso sólo hablará pestes de nosotras mismas.